¿por qué hace falta una transición energética?

La transición energética se encuentra ya en la agenda de diversas instituciones, gobiernos, movimientos, empresas y otros sectores. Sin embargo, no todos entienden o impulsan lo mismo en relación con el proceso y con los objetivos finales de la transición.

Pensar en transiciones requiere acordar el diagnóstico, delinear un futuro deseado y establecer un proceso, un camino, un recorrido. Comprender la magnitud de los cambios necesarios y construir senderos para esos cambios requiere también de un proceso de reflexión y construcción colectiva, de democratización energética y de abordaje inter y transdisciplinario, de acuerdo con la complejidad de los problemas que se enfrentan.

Los problemas principales que afectan a los sistemas energéticos de todo el mundo, y desde los que se debe transitar hacia un sistema justo y sostenible, se podrían resumir, de forma no exhaustiva, en varios puntos que aportan a un diagnóstico (Bertinat, Chemes, & Arelovich, 2014) (Worker Institute at Cornell, 2012):

  • Fuerte crecimiento de la extracción y el consumo de energía, con un importante peso de combustibles fósiles y no renovables.
  • Alta concentración respecto a la propiedad y el manejo de los recursos energéticos convencionales. Esta concentración no solo se da en manos privadas, sino en muchos casos en manos públicas estatales, que pueden actuar bajo criterios corporativos.
  • Altos niveles de conflictividad alrededor del acceso a las fuentes energéticas.
  • Conflictos socioambientales con las poblaciones afectadas por toda la cadena de exploración, extracción, transformación y uso de la energía.
  • Altos impactos ambientales sobre la biodiversidad en zonas rurales y urbanas.
  • Crecimiento sustancial de las emisiones de gases de efecto invernadero asociados al sector energético.
  • Conflictos socioambientales generados por las grandes obras de infraestructura energética, en todos los eslabones de su cadena, sobre los territorios, la biodiversidad y las comunidades afectadas, muchas de ellas desarrolladas con fondos públicos.
  • Apropiación inequitativa de la energía y de sus beneficios a lo largo de toda la cadena productiva.
  • Altos niveles de rentismo en las economías de los principales países productores de hidrocarburos.
  • La apropiación privada y con fines de lucro de los bienes y servicios energéticos. La mercantilización de las cadenas energéticas en todas sus etapas.
  • La normativa vigente en el sector energético en muchos países es la que resultó del proceso de reformas estructurales de la década de 1990, en el marco del Consenso de Washington, que se basó en la privatización y la lógica del mercado.
  • El descenso de la eficiencia en la producción de energía, es decir, que cada vez se necesita más energía para producir una unidad de energía útil.
  • La ausencia de espacios para la participación ciudadana en la construcción de las políticas energéticas y, sobre todo, en la posibilidad de decidir sobre los usos del territorio.

A partir de este listado no excluyente, se puede concluir que es necesario pensar en cambios, haciendo énfasis en algunos ejes centrales:

  • Cada vez hay más evidencias[1] que muestran que la disponibilidad energética futura será menor. La finitud de los recursos fósiles y la imposibilidad de aprovechar las fuentes renovables por los límites en los materiales son una realidad actual.
  • La tremenda desigualdad e inequidad en el acceso y las condiciones de acceso a la energía para un buen vivir (pobreza energética).
  • Los impactos del sistema energético sobre los ecosistemas, territorios y su gente.
  • La creciente tendencia a la concentración económica y de poder en grandes empresas de la energía (Bertinat & Kofman, 2019).
  • La sostenida privatización de servicios que limitan a los pueblos en sus posibilidades de satisfacer necesidades básicas, o el rol que empresas estatales ejercen en el mismo sentido.

Es importante identificar algunas cuestiones centrales. La transición energética popular no solo se trata de cambiar la matriz de fuentes energéticas, ni qué opciones tecnológicas adoptar, sino que pasa por discutir y transformar las relaciones de poder. No existen fuentes energéticas o materiales en condiciones infinitas. Muy por el contrario, los recursos son limitados. También es limitada la capacidad de la biosfera de absorber los impactos del sistema energético.

En este contexto, pensar en un proceso de transición energética popular requiere un cambio radical del sistema energético. El sistema energético no se reduce a la producción-consumo de determinados volúmenes físicos de energía, sino que aglutina la compleja interrelación entre las políticas públicas, los conflictos sectoriales, las alianzas geopolíticas, las estrategias empresariales, los avances tecnológicos, la diversificación productiva, las demandas sectoriales, los oligopolios y oligopsonios, la relación entre energía y distribución de la riqueza, o la relación entre energía y matriz productiva, las relaciones con la tecnología, etcétera (Bertinat, Chemes, & Arelovich, 2014).

[1] Ver preguntas 6, 7 y 12.

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