¿cuál es el rol de las tecnologías en la transición energética?

Las fuentes de energías renovables están presentes en las diferentes miradas de la transición energética (sea cual sea la mirada, corporativa o popular).

Para utilizar las fuentes renovables es necesario transformarlas (fotones en electrones, viento en energía cinética y, posteriormente, en energía eléctrica, etc.) con artefactos (módulo fotovoltaico, molino eólico, etc.). Evidentemente, lo artefactual o lo tecnológico poseerá un rol importante, lo cual puede dinamizar (o no) la transición energética popular.

Es imprescindible repensar la tecnología: analizar y replantear las experiencias de los movimientos de las décadas de 1960 y 1970, que proponían otras formas de relaciones y tecnologías, como las tecnologías democráticas, tecnologías intermedias, tecnologías apropiadas y tecnologías alternativas, entre otras.[1]

Según plantea el investigador Hernán Thomas y su equipo de trabajo (2015):

“Las tecnologías desempeñan un papel central en los procesos de cambio social; materializan ideologías, orientan conductas de personas e instituciones, ordenan y organizan la estructura económica y política de la sociedad. Las tecnologías ejercen influencia sobre cómo se producen y distribuyen los bienes, sobre quiénes tienen acceso a ellos y quienes no; configuran métodos y estilos para determinar qué es un problema y cómo debe generarse su solución.”

Eso significa que la tecnología por sí misma no resuelve ningún problema, sino que la sociedad y la tecnología –los actores sociales y los artefactos y sistemas– se relacionan y construyen mutuamente.

“Las tecnologías son construcciones sociales tanto como las sociedades son construcciones tecnológicas. Por ello se habla de lo ‘socio-técnico’.”

Tradicionalmente, cuando las ciencias sociales piensan la relación tecnología-sociedad, lo hacen en el marco de abordajes deterministas lineales: o consideran que la tecnología determina el cambio social (determinismo tecnológico), o consideran que la sociedad determina la tecnología (determinismo social) (Thomas, Fressoli, & Santos, 2012). En la práctica, estos abordajes teóricos construyen una separación tajante entre problemas sociales y problemas tecnológicos.

Del mismo modo, no podemos pretender transferir experiencias de aplicación de tecnologías entre diferentes realidades y culturas.[2]

Es necesario comprender que las tecnologías no son universales, no son neutrales, no son autónomas ni son evolutivas, y que el cambio tecnológico no determina el cambio social, no responde a dinámicas de transferencia y difusión, y no es replicable.

El rol y las características de la tecnología que impulsaría la transición energética popular abarcan:

  • Soluciones tecnológicas que contribuyan a resolver problemas sociales.
  • Generación distribuida y equitativa de beneficios.
  • Aprendizajes colectivos y diálogo de saberes, reconociendo experiencias y conocimientos tradicionales.
  • Trabajo colaborativo.
  • Control socializado.
  • Igualdad de derechos.
  • Dignificación de las condiciones de existencia humana respetando la diversidad cultural.
  • Generación de nuevos espacios de dignidad y justicia.
  • Mejora de la calidad de vida.

Este modo sociotécnico de entender la tecnología requiere de un alto grado de participación ciudadana en los procesos de toma de decisión, tanto en el diseño como en la implementación. La población debería tener la posibilidad de participar en el diseño de las tecnologías[3] que afectan el interés público y en la definición de las políticas públicas que financian la ciencia y regulan las tecnologías (Armony, 2012). Las dinámicas tecnológicas no deberían crear nuevas condiciones de exclusión ni profundizar las existentes.[4]

La participación en estas decisiones es fundamental para el ejercicio de los derechos sociotecnológicos (Thomas , 2009) y tiene implicaciones en relación con el modelo económico y político.

Una de las conclusiones más importantes de este debate es la redefinición del concepto de “experiencia”. En lugar de una secuencia de decisiones individuales, el desarrollo de la ciencia y tecnología es el resultado de un proceso social no lineal. En este sentido, las decisiones sobre la ciencia y la tecnología no pueden limitarse a los científicos y otros “expertos” en un sentido tradicional (Bijker, 2010).

Decisiones complejas (por ejemplo, si hay que construir un reactor nuclear o una represa) requieren varias etapas de toma de decisión. La participación debe incluir a las personas interesadas, actores estratégicos y grupos que puedan expresar sus puntos de vista y opiniones sobre propuestas específicas y posean capacidad de decisión. Los diferentes actores sociales otorgan diferentes significados al mismo artefacto: un reactor nuclear propuesto significa un riesgo potencial para los grupos ambientalistas, una fuente de tensión internacional para los políticos y un camino para la autosuficiencia energética para algunos líderes gubernamentales. La identidad de un artefacto y su ‘éxito’ o ‘fracaso’ tecnológico dependen de variables sociales. Por consiguiente, esta “flexibilidad interpretativa” es vital a la hora de considerar varias opciones de gobierno relativas a ciencia y tecnología (Bijker W. , 2009).

Resulta tan ingenuo pensar que las decisiones puedan quedar exclusivamente en manos de “expertos” como concebir que la participación no informada puede mejorar las decisiones. Parece insostenible continuar pensando que la tecnología no es un tema central de nuestras democracias (Thomas, Fressoli, & Santos, 2012).

Rafael Escobar Portal, especialista en energías renovables, plantea que “la participación, más allá de ser una mera posición ideológica, constituye un proceso que está influenciado por los aspectos políticos, económicos, sociales y culturales de las sociedades, especialmente en las que se encuentran en vías de desarrollo, donde muchas veces se prioriza la supervivencia frente a una propuesta que genere una visión más integradora” (Escobar Portal, 2006). Es imprescindible, pues, desarrollar procesos de participación que propicien el fortalecimiento organizativo. “De otra manera, se puede seguir cayendo en el enfoque de calificar de “participativo” un proceso que, en realidad, solo permite que la comunidad se limite a apoyar las ideas de los especialistas, que muchas veces, más que solucionar problemas y mejorar las condiciones de vida, sumergen a las comunidades en conflictos sociales” (Escobar Portal, 2006).

[1] Estas ideas fueron planteadas por diversas instituciones o pensadores, como Lewis Mumford, Ernst Friedrich Schumacher, etc. Un minucioso análisis de estas trayectorias, sus aciertos y fracasos los estudia Hernán Thomas en el artículo “De las tecnologías apropiadas a las tecnologías sociales” (2009).

[2] Un conjunto de proyectos cooperativos deseables desde la mirada de la transición energética inclusiva los reúne la publicación “La energía en manos ciudadanas. Construyendo la transición energética europea desde una perspectiva descentralizada y participativa” (Siegner, 2014).

[3] El diseño de una política pública, desde esta concepción epistemológica, es también una tecnología.

[4] El caso del programa PROSUMIDORES de la provincia de Santa Fe, Argentina, utiliza fondos a los que aportan todos los usuarios de energía eléctrica de la provincia: los más pudientes, los no tanto y los vulnerados. De este fondo, el programa PROSUMIDORES toma dinero para brindar una tarifa diferencial al pago de generación de energías renovables para quien desee (o posea el capital excedente, aproximadamente 4000 USD) instalar un sistema fotovoltaico en el techo de su vivienda y amortizarlo rápidamente.

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